Un país para caminar

Actualizado: 19 de jun de 2020


Una colección de nuevas sendas, aún en etapa de desarrollo, invita a desandar los mejores paisajes, del NOA hasta los lagos más australes


Por Pierre Dumas LA NACIÓN


Tienes que caminar con tus propios pies, en la dirección que señalan, para corroborar por ti mismo y vivir el conocimiento al que se refieren. Las palabras de Carlos Castaneda bien podrían servir de lema para Senderos de Argentina, un proyecto que de a poco se implementa en distintas regiones del país, abriendo caminos de largo recorrido para que este territorio extenso y fascinante, diverso y misterioso, accesible e inaccesible a la vez, revele los secretos de sus paisajes y de su gente.

Todo comenzó hace algunos años con la Huella Andina, proyecto de la subsecretaría de Desarrollo Turístico del Ministerio de Turismo de la Nación. Fue el sendero pionero de la geografía patagónica, al atravesar tres provincias (Neuquén, Río Negro, Chubut) y cinco Parques Nacionales (Lanín, Nahuel Huapi, Arrayanes, Lago Puelo, Los Alerces). Nada menos que 570 kilómetros señalizados, divididos en 42 etapas de dificultad baja, media o alta. Desde la inicial, de Villa Pehuenia a Moquehue, en Neuquén, hasta la final, que recorre el tramo Ruca Nehuen-Lago Baggilt, en Chubut.

Ahora, cuatro nuevas huellas están en marcha. La Huella Andina Norte, en Jujuy, desde la Quebrada de Humahuaca hasta el Parque Nacional Calilegua; la Huella Entrerriana en el Litoral, desde Paraná hasta el Parque Nacional Predelta; la Huella Guaraní en Misiones, entre El Soberbio y Colonia Fracran; y la Huella del Fin del Mundo en Tierra del Fuego.


El proyecto y la guía que lo acompaña, con la descripción de cada etapa de las respectivas huellas, se presentaron el mes último atrás en la Feria Internacional de Turismo, en la Rural. Ahora, cada provincia está trabajando en su señalización y las obras necesarias para algunas etapas, en tanto el próximo paso será la llegada de los senderistas que le den verdadera vida adentrándose en los paisajes que cada recorrido propone.


Convocatoria inclusiva

Los caminantes de estos senderos tienen un objetivo, un rumbo, sea una reserva natural o un Parque Nacional, como imanes situados al final del camino, la motivación para seguir avanzando por muy diversos paisajes. Y no hace falta una preparación especial: sí ganas de caminar mucho, llenando la mochila con lo mínimo que se requiera en cada etapa, sabiendo que en algunos casos hay largos tramos de conexión que se realizan en transporte público y que cada uno debe elegir las etapas en función de sus capacidades físicas (cuando hay por ejemplo ascensos pronunciados o caminatas a mucha altitud).

Cada sendero tiene una identidad propia: están aquellos cuyas etapas son naturaleza pura, una fiesta para los observadores de aves y los fotógrafos; los que invitan a sumar trayectos en bicicleta o navegando además de caminar; los que proponen una inmersión en las culturas locales, alojándose en casas de familia de comunidades remotas que han conservado celosamente su modo de vida tradicional. A cada cual la suya: de norte a sur, las huellas de Argentina son un compendio de la diversidad y convocan a un turismo inclusivo de bajo impacto ambiental en todas las regiones del país.


Rumbo sur: andar y andar hasta el fin del mundo

La Huella del Fin del Mundo es el primer sendero de largo recorrido que se abre paso por la Isla Grande de Tierra del Fuego: se trata de ocho etapas, con una inicial entre Corazón de la Isla y Ruca (12 kilómetros) y una final de Laguna Submarino a Canal Beagle (15 kilómetros), ambas de baja dificultad.

En proceso de desarrollo, como ocurre con los demás nuevos Senderos de Argentina, esta vuelta fueguina permite adentrase en los paisajes de la reserva Corazón de la Isla, pasando por bosques y castoreras, lagunas, los lagos Yakush y Fagnano, la bahía Torito y el Valle de Tierra Mayor, entre muchos otros paisajes que ofrece el último extremo de la geografía argentina.

El objetivo que todos estos nuevos senderos de largo recorrido se consoliden como lo hizo la Huella Andina Patagonia, el camino pionero que parte de Neuquén hacia Chubut a lo largo de 570 kilómetros señalizados y con una web propia (www.huellaandina.tur.ar) donde se informan las novedades de cada sector, la época adecuada para recorrerlas y las dificultades inherentes a cada uno de esos 42 etapas que atraviesan montaña, estepa, bosque y lagos.

En la guía recientemente presentada para acompañar los Senderos de Argentina, se destacan como experiencia entre las numerosas etapas la Vuelta al Lácar -que parte de San Martín de los Andes y pasa por la vieja intendencia del Parque Nacional Lanín, el Museo del Che en La Pastera, villa Quina Quina y el paraje Hua Hum- y el tramo chubutense que comienza en la Seccional Arrayanes del Parque Nacional Los Alerces, a unos 20 kilómetros de Villa Futalaufquen, donde se encuentra la intendencia del Parque.

En Arrayanes hay un camping agreste o una opción para dormir en domos, para luego salir bien temprano hacia la etapa que lleva a Bahía Solís, a lo largo de unos 15 kilómetros de caminata que pueden tomar alrededor de ocho horas (requiere registro obligatoriamente al salir, sea en Arrayanes o en Lago Verde, y autorregistro al final en Bahía Solís).

El desvío imperdible de este sector invita a caminar por la Pasarela sobre el río Arrayanes hacia Puerto Chucao, donde se toma una lancha rumbo a Puerto Sagrario, el punto de partida de la caminata que lleva hacia el Alerzal Milenario. La navegación permite, además, descubrir entre las montañas la brillante corona blanca que forma el glaciar Torrecillas. Este es el auténtico corazón del Parque Nacional, un sitio donde se concentran los árboles más añosos y en particular el Alerce Abuelo, un impresionante ejemplar de 2600 años que impresiona por su magnitud y presencia en medio de un paisaje donde sólo se escucha el fluir del cercano río Cisne.

Hoy ya casi no quedan pobladores en el Parque Nacional, pero sí permanecen su huella y su recuerdo en los topónimos -que muchas veces ni siquiera figuran en los mapas- y en la memoria de mucha gente de Esquel y las localidades vecinas. Las historias, que parecen no tener fin, encadenan desde el paso de Tanguito por Esquel -una versión asegura que aquí nació La balsa- hasta la llegada de los primeros mochileros y estudiantes de Química que abrieron el turismo en la región. Además del galés Richard Llewellyn, autor de la célebre novela (y luego película) Cuán verde era mi valle, que vivió en el Parque Nacional y lo usó de inspiración en otras obras.

Cuando se retoma el camino hacia bahía Solís, se pasa primero por el sendero que lleva al mirador del Lago Verde, un ascenso sencillo pero imperdible -siempre señalizado con la doble línea blanca y azul que identifica a la Huella Andina- porque lleva hacia un mirador desde donde se divisan, tras pasar un bosquecito de coihues y helechos, el lago Menéndez, el lago Verde, el cerro Alto El Petizo y el río Rivadavia. Esto es, apenas, una pequeña parte de la Huella Andina: sus 570 kilómetros tienen, a lo largo de Neuquén, Río Negro y el resto de Chubut, muchos otros hitos y caminos que sorprenden e incitan a internarse más y más en el paisaje, formando parte de él y dejando de ser sólo un espectador a través de las ventanillas de un vehículo.

La Huella y sus estapas siguen: después del mirador del lago Verde pasan por la población Alarcón, el arroyo Colehual, el lago Rivadavia y la bahía Solís; más adelante hay otra etapa de nueve kilómetros hasta la Portada Norte del Parque Nacional. Y se puede seguir, más todavía, siempre hacia el norte, hasta regresar a Nequén, punto de partida de este sendero pionero que ahora tiene sus réplicas en otras regiones del país.


La Huella Andina Norte, de la Puna a la selva

Doña Gaby es la dueña del Portal de las Yungas, el principal hospedaje de Santa Ana, un pueblito de 500 habitantes a unos 100 kilómetros de la Quebrada de Humahuaca, el punto de partida de la Huella Andina Norte.

Envuelta en el rebozo bordado que caracteriza a las mujeres coyas, se presta a la charla con soltura y cuenta que llegan hasta aquí muchos extranjeros en busca de conocer los rincones menos transitados de la geografía jujeña. En Santa Ana no hay señal de celular y la única línea fija está en una casa de familia: comunicarse es toda una aventura, que se logra gracias a los choferes del transporte que trae a los viajeros desde Humahuaca -el viaje dura más de cuatro horas, por un espectacular camino de montaña con un máximo de 4000 metros de altura - y a los hijos de Doña Gaby, que viven en localidades más accesibles.

Sólo llegar aquí es una proeza, entre ojos de agua helados por la altura, vicuñas y paisajes puneños donde las nubes están no sobre la cabeza del viajero, sino a sus pies. En el lindo hospedaje de doña Gaby se puede dormir, comer y luego salir a recorrer el pueblito, de calles de piedra y tierra y casas de adobe. Están la iglesia, el cementerio, la plaza principal, la casa del platero, un almacén de ramos generales y poco más. ¿Qué falta hace? El entorno es la Puna infinita.

A la mañana siguiente (lo ideal es haber pasado una noche en la Quebrada para llegar a Santa Ana ya aclimatados a la altura) se puede iniciar la caminata. Tras dejar el hospedaje y subir unos 1500 metros hasta el Abra del Valle, el sendero empieza a bajar y recorre 15,5 kilómetros hacia el pueblo siguiente, Valle Colorado. Hasta Cortaderas, a mitad de camino, sigue en parte una ruta vehicular, sobre la cornisa que zigzaguea por el flanco de la montaña. La segunda parte ya no tiene ruta posible -recién ahora la está abriendo Vialidad- sino sólo una huella entre los bosquecitos de queñoa, bajo la mirada atenta de los cóndores.


Cambio de paisaje

Pero en la primera parte -que se debe recorrer con guía- es donde están las Escaleras, la parte del Camino del Inca declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. Es un tramo de pocos kilómetros pero en increíble estado de conservación, que permite caminar sobre un sendero de piedra o entre una doble pared de pircas, siguiendo exactamente el trazado de los pueblos que bajaban desde el Tawantinsuyo hacia el norte argentino por una densa red caminera que abarcaba miles de kilómetros (y que aún se encuentra en gran parte dispersa por las montañas, utilizada por las poblaciones locales). Después de Cortaderas, el paisaje empieza a cambiar lenta pero continuamente: la Puna queda atrás, aparecen manchones de bosque, la tierra se vuelve rojiza y al final totalmente colorada. Es la selva, sin rodeos, que abraza el pueblo de Valle Colorado.

Aquí la anfitriona es Martina Calapeña, que transformó su casa -El Paraíso- en un albergue para viajeros. También ella luce su rebozo, el sombrero del que penden cintas adornadas con dijes de plata, y la colorida pollera coya. En Valle Colorado hay una cultura de la medicina a base de hierbas tradicionales, y muchas familias que viven de sus rebaños de cabras de manera transhumante. Como dice Concepción Flores, guía baqueano que lleva a los viajeros a conocer los alrededores, "en la ciudad si no tenés plata estás mal, pero acá podés cultivar tus plantas y si tenés animales tenés carne. La carne no hay que comprarla. La vida es tranquila; aunque la gente se vaya pensando que en la ciudad va a estar mejor, son muchos los que vuelven". Elda, su mujer, es una eximia bordadora de rebozos, cuyas flores se inspiran en la flora local. Ella lo usa, bien envuelto, mientras reta a su marido porque Concepción, como la mayoría de los hombres, ya no usa la ropa tradicional.

La Huella Andina Norte deja Valle Colorado para seguir luego hacia Valle Grande, una etapa de diez kilómetros que sigue la RP 83, entre profundos valles cubiertos de selva que deslumbran por la grandeza y soledad del paisaje. Naturaleza pura: aves, bromelias, cascadas, paredes de roca son los compañeros de camino, que se puede hacer en compañía de lugareños con burritos de carga que ayudan a transportar la mochila. En Valle Grande, por donde pasa el Trópico de Capricornio, es posible alojarse, hacer compras, comer y llamar por teléfono.

Al día siguiente se emprende una nueva etapa hacia San Francisco, a 37 kilómetros: se transitan en una combi que también sube hasta Pampichuela o en un servicio regular de ómnibus. Desde San Francisco se puede optar por hacer el camino que va hacia las espectaculares Termas del Jordán: imprescindible recorrerlo con guía, por la dificultad del sendero pero también por los problemas de orientación que hay en las yungas, donde rápidamente el caminante no avezado pierde las referencias.

Finalmente, la última etapa sigue durante 18 kilómetros hasta la portada de acceso al Parque Nacional Calilegua, y nueve kilómetros más hasta Mesada de las Colmenas, donde hay una seccional de guardaparques. Dentro del Parque Nacional, es posible dormir en el camping de Aguas Negras, en cuyas cercanías transcurre el sendero La Junta-San Lorenzo, en el corazón de las yungas. Este Parque Nacional -explica Nicolás Ferrari, en Mesada de las Colmenas- ofrece el ambiente de mayor biodiversidad del país, junto con la selva misionera, y es el tercero en biodiversidad en Sudamérica.

El guardaparques, que atesora historias de yaguaretés y de pumas, pero sobre todo el misterioso ucumar donde la leyenda se mezcla con la realidad, recuerda que, una vez que se haya completado el recorrido, se habrá pasado de la Puna a las Yungas, pero también de los poblados coyas a los guaraníes: "Los incas, como muestra su red de caminos, eran pueblos muy organizados, mientras los guaraníes ya eran más anárquicos. Y el límite entre las dos culturas está precisamente aquí, en estas serranías. Es un mestizaje que sin duda no aparece en el mapa, pero que aquí vivimos todos los días".


Senderos en rojo del Litoral

La Huella Guaraní arranca en Soberbio, por el sur, o Colonia Fracran, por el norte, con sólo dos etapas. Aquí se pide dar aviso a la oficina de informes, para que las comunidades puedan recibir adecuadamente a los viajeros.

La primera etapa abarca 9,3 kilómetros entre Colonia La Flor (fundada por colonos polacos y alemanes) y aldea Pindó Poty, donde el visitante es recibido por pobladores guaraníes. Es una zona de plantaciones de yerba, frutales y hortalizas, donde las chacras de los colonos limitan con la selva. En el camino se pasa por la Asociación de Amigos Guaraníes, que muestra artesanías, esculturas y tejidos, y finalmente la propia aldea Pindó Poty, donde se organizan visitas guiadas y circuitos temáticos sobre la cultura y las tradiciones del pueblo aborigen.

La segunda etapa de la huella va de Pindó Poty a Aldea Jeji: acompañados de guías locales, implica emprender la travesía de la selva paranaense y aprender a interpretar un paisaje donde hay decenas de especies de árboles y varios estratos bien definidos (herbáceo, en el piso de la selva; arbustivo, con plantas de hasta 15 metros; intermedio, con helechos y árboles en crecimiento; dosel, de hasta 30 metros; y emergentes, con los gigantes que llegan a 45 metros de altura). Se pasa por la aldea Jeji Miri y finalmente, en el cruce con la RP 15, aparece Aldea Jeji, desde donde se puede volver a La Flor y El Soberbio, cerrando el círculo del sendero misionero.


Colonias y tradiciones

Siempre en el Litoral, la Huella Entrerriana propone otro tipo de recorrido. En parte porque tiene tramos más urbanos –comienza en Paraná, la capital provincial– y en parte porque permite combinar la caminata con tramos de navegación por el río y en bicicleta. Es, además, un sendero muy vinculado con la gente y la colonización de alemanes del Volga, establecidos a orillas del Paraná en el siglo XIX.

Paraná se destaca por su parque Urquiza, que bordea la barranca del río, por sus antiguas escuelas y palacios públicos. Vale la pena conocer Puerto Sánchez, el barrio de los pescadores, donde se los puede ver en actividad en los puestitos donde se despinan, filetean y ofrecen al público las principales especies de la zona: armados (imperdibles en las empanadas que allí mismo vende Edgardo), surubíes (muy populares en milanesa), dorados, bogas.

Para el amante del folklore, al nombre del lugar no le faltan resonancias: Puerto Sánchez está asociado a una tradicional canción de Jorge Méndez y a la Canción de cuna costera de Linares Cardozo: Dominga Ayala, la mujer que inspiró ese himno a la vida del pescador, vive todavía en Puerto Sánchez y se presta a charlar sobre aquellos tiempos en que el barrio era una zona marginal que vivía de la madera y de una precaria pesca artesanal. "Cuando vine –recuerda– aquí se vendía corte de rancho, madera, paja, todo lo que viniera de la isla. Aún quedan árboles plantados por los viejos pobladores, pero todo está en constante cambio".

También en Paraná, vale la pena acercarse a los Baqueanos de Río, el grupo que encabeza Luis Cosita Romero, un viejo pescador de la zona que años atrás logró defender el Paraná medio de la creación de represas con una épica travesía a remo del tramo Yacyretá-Paraná. Junto con su grupo, organiza navegaciones y salidas educativas al área protegida del islote Curupí.

Como extremo norte, la Huella Entrerriana tiene al Parque Berduc y la Reserva General San Martín, a unos 25 kilómetros de Paraná (se llega caminando, en colectivo o en bicicleta). Aquí hay varios caminos que permiten explorar el área protegida, como el Sendero de los Guayabos, donde se hallaron restos de cerámica guaranítica y que lleva hasta el arroyo Las Conchas.

Dejando Paraná hacia el sur, la primera escala Oro Verde, sede universitaria y también de la histórica Escuela Alberdi, donde hay un sendero de trekking, un tambo y un tajamar ideal para el avistaje de aves. A la noche, es la hora de visitar el Observatorio Astronómico y participar en sus charlas o sesiones de exploración del cielo. Es posible llegar hasta aquí por el Camino del Ejército, en tren o en bicicleta. Oro Verde tiene de hecho un nuevo Paseo de los Trenes, con un vagón restaurante montado en una formación de época con elementos originales: el objetivo es que todo el complejo se integre a Sabores Entrerrianos, un programa que busca desarrollar una propuesta gastronómica unificada en el territorio provincial.

Más al sur, la Huella Entrerriana entra en el pequeño mundo de las Aldeas Alemanas, siguiendo el trazado de la RP 11 que une Paraná con Victoria. La primera etapa, Aldea Brasilera, es un buen lugar para conocer la historia de estos inmigrantes alemanes que llegaron a la Argentina en 1878 después de haberse establecido en Rusia, trayendo por lo tanto costumbres y tradiciones de ambos lugares. El conjunto de aldeas abarca también a Valle María, Protestante, Spatzenkutter, San Francisco y Santa Cruz. En Aldea Brasilera –cuyos colonos pasaron primero por Brasil, de ahí el nombre- hay que comer en la Esquina Munich, clásico regional con picadas pantagruélicas.


En procesión

Siempre andando, se llega a La Balconada, un complejo de alojamiento sobre la barranca del río, y el Paraje La Virgen. Es un barrio asentado sobre las barrancas en forma de herradura del Paraná, un caserío donde funcionan a pleno los hornos de pan y se ofrece pescado fresco.

Cada año, el 8 de diciembre se reúnen aquí las delegaciones que parten a caballo desde Aldea Brasilera, Valle María y Spatzenkutter, llevando a la Virgen en procesión hasta una gruta. Desde aquí se puede organizar una etapa náutica, rumbo al balneario de Valle María y al cercano pueblo de San Francisco, donde funcionó hasta 1934 la primera escuela alemana establecida por los inmigrantes. Y si se quiere volver a cambiar el medio de locomoción, desde el parador El Mirador –con un atalaya para observar el atardecer sobre el río- se puede partir en bicicleta hacia Stella Maris, antiguo convento para pasar la noche. El camino es en parte de broza y en parte de asfalto, pero no ofrece demasiadas dificultades.

Desde Stella Maris, la Huella sigue hacia Aldea Protestante, el pueblo que concentró a los alemanes del Volga que profesaban esa fe y por lo tanto se agruparon algo separados del resto. En La Alemanita, una dulcería y casa de té, se pueden probar los dulces heredados de aquellos colonos: como la torta rusa de crema y azúcar y los difundidos krepl (suerte de torta frita alemana). Otro plato típico, el pirok –empanada de carne, repollo y cebolla– se puede probar en el restaurante Akebia, que también tiene un patio cervecero muy concurrido en las noches veraniegas.

La Huella Entrerriana está a punto de llegar a su fin, pero antes pasa –paralela a la vía del tren– por Strobel, donde hay un pequeño parque ferroviario. Desde aquí el camino bordea la Ribera de Diamante, punto de partida del trekking hacia las islas para ver la flor del irupé; el barrio de pescadores con su gigantesco Cristo Pescador de 12 metros de estatura; Punta Gorda, donde Urquiza cruzó el Paraná rumbo a la batalla de Caseros; el paraje La Azotea... y el Parque Nacional Predelta, que es el punto final del recorrido. Pero que es, al mismo tiempo, el comienzo de otro: en esta zona donde se busca preservar los ecosistemas del albardón, la laguna y el bañado, viven numerosas especies de río y tantas aves que asombran al recién llegado. Cuentan los guardaparques que este es "el único sitio donde se puede conocer el Delta tal como era", un conjunto de islas y riachos internos donde se encuentran caraús, aguarás-popé, mulitas, cardenillas, carpinchos.


Consejos para caminantes

- Las cinco huellas detalladas en estas páginasson muy diversas. Cada una tiene una época del año más recomendable: Jujuy, en invierno, otoño y primavera; Patagonia, verano; el Litoral, todo el año. Antes de partir, es necesario hacer un listado de las principales dificultades del camino: tramos de mucha altura (Huella Andina Norte), de ascensos pronunciados (en la Huella Andina Patagonia y Fin del Mundo), de intenso calor en verano (Huella Entrerriana) y prever en consecuencia las etapas y el equipamiento necesario.

- Los senderos fueron pensados para recorrer a pie y, si es preciso, uniendo etapas mediante transporte público. En algunos casos, se puede contratar si es preciso servicio de porteo o transporte privado: siempre consultar en las cabeceras de cada Huella las condiciones del tramo por transitar y actuar en consecuencia. Tener en cuenta el clima según la estación, las condiciones de seguridad y el estado de los senderos.

- Respetar las indicaciones en las etapas que requieren guía obligatorio: es por la seguridad del caminante. Lo mismo cuando se requiere registro al salir y al regresar, como ocurre en las etapas dentro de los Parques Nacionales en la Huella Andina Patagonia.

- Andar liviano y llevar en la mochila lo imprescindible, sin olvidar repelentes y pantallas solares.

- Al estimar los tiempos, recordar que las guías y las señales instaladas en el camino son un cálculo aproximado que sólo considera el tiempo de la caminata, sin contar paradas y descansos.

- Respetar áreas de campamento y fogón habilitadas. Evitar caminar solo, no apartarse por atajos no señalizados y recordar que en general no hay señal de celular que permita pedir ayuda telefónicamente.

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